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¡Viva la reproducción natural!
(Clarín y Le Monde, 2003. Traducción de Cecilia Beltramo., 2003-02-10)


Todos los datos científicos de los que disponemos en la actualidad indican que la gran complejidad de los seres vivos, entre ellos el hombre, derivan, a partir del origen de la vida en la Tierra, de la acumulación progresiva de modificaciones en los planos molecular y supramolecular. Todas estas modificaciones fueron memorizadas en un banco de datos cuyo código es único en todos los seres vivos y está cifrado en filamentos moleculares de gran extensión, el ADN de los cromosomas.

Nosotros, los seres humanos, contamos con una experiencia de 3.500 millones de años. Se trata de nuestro patrimonio genético, nuestro bien común, y lo transmitimos de generación en generación.

En lo que respecta a la evolución del hombre a partir de los homínidos -en los últimos ocho millones de años-, algunos pueden creer que una inteligencia superior le dio un "empujoncito" que propició el surgimiento de una civilización humana. En realidad, podría haberlo hecho sin necesidad de tocar la experiencia biológica del hombre, sino tan sólo mediante la acción sobre la superestructura cultural que se transmite de generación en generación a través de la lengua y la escritura.

Es por eso que tanto las razones teológicas como las científicas deben incitarnos a una gran prudencia en lo que hace a manipular ese patrimonio genético tan preciado. El hecho de que en los últimos tiempos hayamos comprendido cierto número de cosas sobre su naturaleza y su transmisión no implica que debamos hacerlo objeto de toda clase de manipulaciones, cuyas consecuencias podrían ser imprevisibles.

La reproducción sexual es la que caracteriza a los seres vivos más complejos -animales y vegetales- porque es el mejor sistema para proteger ese patrimonio y, al mismo tiempo, permitir su evolución en un medio de condiciones cambiantes. Implica la precisa conjugación en una célula receptora -el óvulo femenino- de dos patrimonios genéticos -el del óvulo y el que aporta la célula masculina, el espermatozoide-, así como la lectura y la réplica ordenadas de esos dos patrimonios en el desarrollo del huevo fecundado, que se transforma en embrión como consecuencia de sucesivas divisiones celulares.

La ventaja es que, si se produce un error, una mutación en un gen de uno de los patrimonios, el riesgo de que dicha mutación se produzca también en el otro es muy bajo, y las consecuencias negativas de tal error, por lo tanto, por lo general quedan eliminadas. Por el contrario, si el error derivara en una ventaja para el individuo, podría conservárselo de manera selectiva, lo que permitiría el surgimiento de una nueva "modificación", que se conservaría en las siguientes generaciones.

Tal sistema de reproducción implica la desaparición de los individuos que pasan a ser inútiles después de su reproducción. La muerte depende de programas que se encuentran inscritos en el patrimonio genético y adelantan el deterioro "espontáneo" del organismo como consecuencia de las agresiones del medio.

Otros programas aseguran el encuentro de dos individuos -los portadores de células masculinas y femeninas- según un determinismo químico y de comportamiento. Es lo que llamamos sexualidad. Cuando la población es numerosa, sin embargo, el encuentro de esas dos personas es también una cuestión de azar. Dicen que el amor es ciego. El azar también puede estar presente en la maduración y el encuentro de sus células sexuales. Los ovarios de un embrión femenino contienen varios millones de óvulos inmaduros. La mayor parte de esos óvulos morirá de forma espontánea antes del nacimiento, por lo que los ovarios de la niña contendrán sólo unos centenares de los mismos. ¿Su supervivencia es sólo una cuestión de azar? No lo sabemos.

Luego, durante el período de madurez sexual, una parte de esos óvulos madura y migra de los ovarios hacia las trompas uno a uno, según un determinismo hormonal riguroso, pero que hemos aprendido a conocer y modular.

En lo que respecta a las células masculinas, en cada eyaculación hay varios millones de espermatozoides de gran movilidad que irán al encuentro del óvulo. Uno solo, el que nade más rápido, ganará la carrera, vale decir que penetrará el óvulo y le brindará su material genético. ¿Acaso el mejor nadador es el que tiene el mejor patrimonio genético, o es el azar el que determina el encuentro? No lo sabemos, pero ello debe instar a la prudencia a los que practican la inyección directa de una célula masculina en un óvulo.

Después de la fecundación, la lectura de ambos patrimonios no comienza de inmediato. El óvulo es una célula grande. No sólo acumuló reservas de energía, sino también mensajes genéticos (ARN) que están distribuidos de forma homogénea en su citoplasma, los cuales servirán a la producción de proteínas en el curso de las primeras divisiones.

El núcleo, producto de la fusión de ambos patrimonios genéticos, permanece inerte durante un tiempo, lo que permitirá al manipulador hábil hacerlo desaparecer y reemplazarlo por otro sin que haya ningún perjuicio aparente. Esto es lo que se ha llevado a cabo en los últimos años en animales domésticos, empezando por la oveja Dolly y otras. En el núcleo que contiene la nueva pareja de ADN del óvulo y ADN del espermatozoide, el manipulador hábil sustituye la pareja anterior que existe en cada célula del individuo portador adulto. Aparentemente, el óvulo no se entera de nada y se desarrolla en una madre portadora como un embrión sano -también aparentemente- hasta el nacimiento.

Una delicada partitura

Se trata de una hermosa experiencia en el plano teórico: nos enseña que, por lo menos en ciertas células que proceden de tejidos diferenciados de nuestro organismo adulto, el patrimonio genético, si bien compactado y leído de forma parcial, muy distinto al que surge del núcleo de un huevo fecundado, puede ser "leído" nuevamente y de manera correcta por parte del citoplasma del óvulo a los efectos de inducir una nueva diferenciación embrionaria completa. El patrimonio genético es una partitura musical para orquesta en dos ejemplares. Es una base de datos.

Pero la lectura de las notas y la ejecución musical corresponden al director de la orquesta, que está formado por esas proteínas citoplasmáticas que acumuló el óvulo. Cada célula de un órgano diferenciado puede compararse con un músico de la orquesta. Cada uno de ellos cuenta con la partitura completa, pero no puede interpretar más que la parte que le corresponde. Al principio del concierto, un prestidigitador hábil hace desaparecer las partituras del director de orquesta y las reemplaza por las del cellista. El director no se da cuenta e, imperturbable, ataca las primeras notas...

¿Cuál es la naturaleza de esas proteínas del óvulo que pueden ejecutar correctamente el programa de desarrollo? No lo sabemos. De hecho, nuestro conocimiento de los mecanismos del desarrollo embrionario es muy... embrionario. Por otra parte, en este tipo de experiencias, los fracasos son mucho más numerosos que los éxitos. No es raro: la célula de un tejido diferenciado -la piel, por ejemplo- está sometida a factores del medio que pueden inducir mutaciones de su patrimonio genético (la exposición a los rayos ultravioletas, por ejemplo). La partitura tiene notas que desentonan...

También se olvida que existen mecanismos de recombinación genética en las células diferenciadas que pueden cambiar la ubicación de ciertos genes y, por lo tanto, su lectura. Por sobre todas las cosas, se ignoran los efectos a largo plazo de tales operaciones sobre la descendencia de esos animales. En efecto, el peligro no deriva de la existencia de grandes defectos en el genoma. Estos quedan eliminados mediante la muerte espontánea del embrión y el aborto. Sin embargo, las modificaciones más sutiles que afectan el sistema nervioso, la conducta, la aparición de cáncer, no pueden detectarse sino mediante un seguimiento a lo largo de gran cantidad de generaciones producto del primer "clon".

Clon: apareció por fin la palabra que asusta a muchos de nuestros semejantes. En lo que respecta al ser humano, sería más correcto y más modesto hablar de "copia biológica". Incluso si dos seres tienen el mismo patrimonio genético -que ya es el caso de los gemelos verdaderos, que proceden de la división de un mismo huevo-, su experiencia, que memorizan los circuitos neuronales del cerebro, no se transmite genéticamente. Por lo tanto, la copia biológica de mi persona no soy yo mismo, sino un gemelo desplazado en el tiempo. Tal vez el gemelo viva la misma cantidad de tiempo que yo, tal vez muera antes, víctima de un cáncer o de algún trastorno cerebral. Y tal vez eso se agrave en el caso de sus descendientes.

El sueño humano de la inmortalidad del individuo no puede concretarse de esta manera. Tal vez algún día sea posible hacer copias verdaderamente fieles, algo así como el teletransporte de las novelas de ciencia ficción, gracias a los avances de la física, pero eso haría que la reproducción biológica y la sexualidad quedaran obsoletas, a menos que las conserváramos en algunos individuos.

En lo que respecta a las situaciones específicas en las que se desea un hijo, puede entenderse la desesperación de algunas parejas, lo que las lleva a recurrir a cualquier artificio de copia biológica. Hay que contestarles que por ahora eso no constituye algo comprobado, que supone un riesgo de aborto tardío muy frecuente en la madre portadora y que hay muchas incertidumbres en lo que se refiere a las modificaciones a largo plazo del patrimonio genético del niño como para que la satisfacción de una necesidad sentimental inmediata se lleve a cabo a expensas de una descendencia imprevisible.

Así como es necesario que continúe la investigación con animales, sumo mi voz a la de todos los que aspiran a prohibir la reproducción humana por medio de células somáticas, vale decir, de la "clonación reproductiva", en nombre del futuro de la humanidad. ¿Cómo alcanzar esa prohibición? Hay que concitar un amplio consenso internacional a favor de la prohibición de ese procedimiento mediante una decisión que se apruebe por unanimidad en la ONU.

En la actualidad hay un bloqueo a tal resolución debido a un desacuerdo sobre la extensión de esa prohibición a la "clonación terapéutica". Se trata de usar el excedente de embriones procedente de las fecundaciones in vitro para generar células que tengan la posibilidad de producir células diferenciadas, que permitan regenerar órganos deficientes. Estas células carecen de antígenos de trasplante, por lo que pueden incorporarse sin riesgo de rechazo por parte de un individuo cualquiera. Todo adulto tiene células que conservan cierta posibilidad de rediferenciación según el medio tisular en el que se las ubique. El peligro de que las células embrionarias favorezcan el desarrollo de cáncer (teratocarcinomas) no está ausente.

En definitiva, si se comprueba que se trata de una vía terapéutica importante, es de esperar que no se establezca un tráfico internacional de embriones basado en las mujeres de los países pobres, tal como el que actualmente existe para la venta de determinados órganos (riñones). Si el precio que hay que pagar para obtener un consenso generalizado para la prohibición de la clonación reproductiva es el de agregar la prohibición, por lo menos provisoria, de la clonación terapéutica, se trata de un precio que hay que aceptar.

Por supuesto, tal medida no resultará suficiente ni pondrá fin a las actividades clandestinas. Para ello es necesario el concurso de investigadores que tengan determinado bagaje técnico. Habría que incorporar una barrera ética y exigir a todo investigador una tesis o antecedentes públicos o privados, un compromiso de no llevar a cabo clonaciones humanas. Los que contravengan ese acuerdo quedarían excluidos de los laboratorios públicos o privados. En resumen, hay que apelar al espíritu de responsabilidad y a la conciencia moral de los investigadores y de quienes recurren a ellos, mediante gran cantidad de información que resulte accesible a todos. ¡Viva la reproducción natural!

 

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